Gobernanza participativa en los programas locales de atención sanitaria. Lecciones de Bogotá y Chicago
2020
La pandemia de la COVID-19 ha puesto de manifiesto una crisis mundial de los cuidados, lo que ha obligado a las ciudades a replantearse su papel ante unas necesidades sociales cada vez mayores.
Entre Bogotá, donde una ambiciosa política pública está redefiniendo el papel de las mujeres en la economía de los cuidados, y Chicago, donde una iniciativa ciudadana ha sabido organizar una respuesta sólida en un barrio multicultural, se contraponen dos modelos. Uno, institucional y estructurante, apuesta por infraestructuras duraderas y una gobernanza inclusiva. El otro, ágil y comunitario, demuestra que una movilización local puede colmar las lagunas del Estado.
A pesar de sus diferencias, estas experiencias comparten una misma convicción: el cuidado solo puede ser eficaz si se construye conjuntamente con quienes lo necesitan.
Esta ficha resume el documento adjunto en formato PDF. Véanse también las dos experiencias en los enlaces correspondientes.
Para descargar: 01_participatory-governance-in-local-care-programs_en.pdf (540 KiB)
La pandemia ha puesto de manifiesto de forma contundente las desigualdades en el acceso a los cuidados. En todas partes, las mujeres, las poblaciones marginadas y los hogares con pocos recursos han visto cómo se agravaba su carga, mientras que los sistemas tradicionales tenían dificultades para adaptarse. En este contexto, ciudades como Bogotá y barrios como Rogers Park, en Chicago, han explorado un camino común: la gobernanza participativa, en la que las decisiones ya no se toman por las comunidades, sino con ellas.
Experiencias de Bogotá y Chicago
Bogotá, o el arte de estructurar lo invisible
En la capital colombiana, el Sistema de Cuidado surgió de una constatación abrumadora: el 90 % de las personas que prestan cuidados son mujeres, y su trabajo no remunerado representa el 20 % del PIB nacional. Ante esta realidad, el ayuntamiento optó por un enfoque radical: redistribuir la responsabilidad del cuidado entre el Estado, la sociedad y los individuos.
En el centro de esta iniciativa se encuentran las «manzanas del cuidado», espacios públicos rediseñados para ofrecer a las cuidadoras momentos de respiro, formación o desarrollo personal, al tiempo que acogen a las personas a las que atienden.
Entre 2020 y 2022 se han creado 14 manzanas del cuidado, y el objetivo es llegar a 45 para 2035. Pero más allá de las infraestructuras, lo que ha cambiado es una filosofía: el cuidado ya no es un asunto privado, sino una prioridad colectiva.
Lo que llama la atención del modelo bogotano es su dimensión sistémica. El sistema se basa en consultas masivas —5 500 mujeres contribuyeron a la política pública de género 2020-2030— y en una comisión intersectorial en la que participan tanto representantes de las cuidadoras como responsables municipales. Sin embargo, los retos siguen siendo considerables. En un país donde la desconfianza hacia las instituciones es histórica, convencer a las ciudadanas de que este sistema les pertenece lleva tiempo. Y aunque los talleres de transformación cultural (donde se enseña a los hombres a compartir las tareas domésticas) suponen un avance, cambiar las mentalidades llevará generaciones.
Chicago, o la urgencia como catalizador
En el otro extremo del espectro, el Rogers Park Community Response Team (RPCRT) surgió en marzo de 2020 como una respuesta inmediata y horizontal a la crisis. En este barrio, uno de los más diversos de Chicago (44 % de blancos, 27 % de negros, 19 % de latinos), la pandemia ha agravado las desigualdades: aislamiento, inseguridad alimentaria, dificultades económicas.
Sin esperar a las autoridades públicas, los vecinos, con el apoyo de la concejala local Maria Hadden, crearon una red de ayuda mutua 100 % voluntaria: distribución de alimentos, productos de limpieza y ayudas económicas sin condiciones.
El RPCRT supo aprovechar lo ya existente: el grupo Protect Rogers Park, que ya actuaba contra las redadas de inmigración, aportó una base de voluntarios y un número de emergencia; Northside Community Resources, una ONG local, se encargó de la gestión financiera. En pocas semanas, la iniciativa distribuyó miles de paquetes, adaptados a las necesidades culturales del barrio (comida halal, productos latinos, etc.). Pero esta agilidad tuvo su precio: una estructura informal que en ocasiones careció de claridad y una representatividad imperfecta —la mayoría de los organizadores eran blancos, en un barrio donde las minorías son mayoría—.
Sin embargo, el RPCRT demostró que la movilización ciudadana puede ser tan eficaz como una política pública. En diciembre de 2020, se transformó en el Rogers Park Free Store, una tienda solidaria permanente que ha recaudado más de 70 000 dólares y sigue prestando servicio a la comunidad.
Lo que nos enseñan estos dos modelos
Aunque Bogotá y Chicago parezcan opuestas —una planifica a 15 años vista, la otra actuó en cuestión de semanas—, sus éxitos se asientan en tres pilares comunes.
En primer lugar, la confianza pública no es un lujo, sino una condición para la supervivencia. En Bogotá, se ha forjado a lo largo de años de consultas; en Chicago, mediante una escucha constante de las necesidades. En segundo lugar, apoyarse en las redes existentes permite ganar un tiempo precioso: ya sean las políticas de género de la capital colombiana o los grupos activistas de Rogers Park, estos cimientos han sido determinantes. Por último, combinar los conocimientos especializados con el saber local ofrece soluciones que son a la vez rigurosas y adaptadas. Los bloques de atención de Bogotá se ubican allí donde los datos indican que hay más necesidades, pero su contenido lo han definido las propias cuidadoras.
Sin embargo, también hay limitaciones. En Bogotá, el riesgo es que el sistema desaparezca con un cambio político; en Chicago, es el agotamiento de los voluntarios lo que amenaza la sostenibilidad. Y en ambos casos persiste un reto: ¿cómo garantizar que la gobernanza participativa no se quede en una mera aspiración, sino que se convierta en la norma?
Recomendaciones para la acción
La principal lección de estas experiencias es sencilla: no existe un modelo único. Una gran ciudad como Bogotá puede apostar por grandes infraestructuras y una visión a largo plazo, mientras que un barrio como Rogers Park tiene todo el interés en dar prioridad a la flexibilidad y al arraigo local. Pero en ambos casos, hay algunos principios que se imponen:
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Implicar a las comunidades desde la fase de diseño de los programas, y no solo como beneficiarios.
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Repensar el uso de los recursos existentes: una escuela puede convertirse en un centro de atención, un grupo de Facebook en una red de distribución.
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Aceptar que la participación tiene un coste —en tiempo, energía y compromiso—, pero que su ausencia sale mucho más cara.
En definitiva, Bogotá y Chicago nos recuerdan una obviedad que con demasiada frecuencia se olvida: el cuidado es cosa de todos.
Referencias
Documento en la página web de Metropolis : Participatory Governance in Local Care Programs - Lessons from Bogotá and Chicago - Gobernanza participativa en los programas locales de asistencia: lecciones de Bogotá y Chicago
Para ir más allá
Página web de www.metropolis.org/